Sequía en Argentina: un escenario de contrastes que preocupa al sector productivo
Durante febrero de 2026, el escenario hídrico en Argentina volvió a mostrar una marcada heterogeneidad, con amplias regiones afectadas por déficit de precipitaciones y otras donde eventos puntuales lograron aliviar parcialmente la situación. Sin embargo, el balance general mantiene en alerta al sector agropecuario, especialmente por la expansión del área afectada por sequía.
Las lluvias fueron escasas en zonas clave como el NEA, Cuyo y la provincia de Buenos Aires, consolidando un proceso de desecamiento de suelos que ya venía manifestándose en meses anteriores. En contrapartida, algunas áreas del centro del país y sectores de la Patagonia registraron precipitaciones superiores a lo normal, aunque insuficientes para revertir completamente el déficit acumulado.
En términos de humedad del suelo, la situación más crítica se concentra en el NEA y la región Centro. Allí, los indicadores muestran un deterioro sostenido, con impactos visibles en zonas productivas estratégicas como el sudeste de Entre Ríos, el Delta del Paraná y amplias áreas de Buenos Aires. Este patrón se intensifica hacia el este, donde el déficit hídrico se vuelve más pronunciado.
Los índices de vegetación reflejan esta misma dinámica. Mientras que en el norte del país, especialmente en el NOA y partes del Chaco, se observan condiciones cercanas o incluso superiores al promedio histórico, en regiones como Entre Ríos, el este de Santa Fe y el norte bonaerense los valores caen por debajo de lo habitual, en algunos casos alcanzando mínimos históricos. En el extremo sur de Santa Cruz también se detectan anomalías negativas.
Desde el punto de vista hidrológico, la situación de los principales ríos no presenta mejoras significativas. La cuenca del Plata continúa con una distribución desigual de lluvias, concentradas en su sector norte. Los niveles del río Paraguay permanecen bajos en sus tramos medio y inferior, mientras que los ríos Paraná y Uruguay se mantienen en rangos medios a bajos. La vía fluvial atraviesa así su séptimo año consecutivo de afectación, sin perspectivas claras de normalización en el corto plazo.
El impacto productivo varía según la región. En el NOA, los cultivos estivales muestran respuestas dispares, altamente dependientes de la distribución de las lluvias. En sistemas ganaderos, comienzan a evidenciarse limitaciones en la disponibilidad de forraje y agua. En el NEA, las condiciones climáticas extremas y la escasez de precipitaciones afectan tanto cultivos como pasturas, generando una evolución irregular. En la región Centro, algunas lluvias de febrero permitieron mejoras parciales, aunque persisten los efectos de períodos secos previos. En Patagonia, la situación se centra en los sistemas ganaderos extensivos, con crecimiento variable de pastizales y problemas puntuales de agua en reservorios.
Uno de los datos más relevantes es el aumento de la superficie afectada por sequía a nivel nacional, que creció en aproximadamente 10 millones de hectáreas respecto de enero, alcanzando cerca de 52 millones de hectáreas. El NEA, que no presentaba afectación el mes anterior, pasó a tener más de un tercio de su superficie bajo sequía leve. En la región Centro, la situación también se agravó, superando el 40% del área afectada entre categorías leve y moderada. En contraste, Patagonia mostró una mejora relativa, con reducción tanto en la intensidad como en la extensión del fenómeno.
A pesar de que no se prevé un agravamiento inmediato, tampoco hay señales de una recuperación sostenida. Las condiciones actuales, en un contexto de transición hacia una fase neutral del ENOS, sugieren que la evolución dependerá fuertemente de la ocurrencia de lluvias en los próximos meses.
El escenario exige un seguimiento continuo y estrategias de manejo ajustadas a cada sistema productivo, en un contexto donde la variabilidad climática continúa siendo un factor determinante.
















