13 abril 2024

El legado final de Manuel Belgrano: Un adiós silencioso a la patria

El 25 de mayo de 1820, Manuel Belgrano, en un estado de salud grave, dictó su testamento donde declaró a su hermano Domingo como heredero.

Lo nombró como patrón de las escuelas, a las cuales había donado 40.000 pesos en oro, y le pidió especialmente que se encargara de criar, mantener y educar a su hija Manuela Mónica, a quien le había dejado un terreno en Tucumán.

El 3 de junio celebró su cumpleaños número 50 en compañía de algunos amigos y sus hermanos Miguel, Domingo y Juana.

Unos días después, tuvo la grata sorpresa de recibir la visita de su querido compañero de armas Gregorio Aráoz de Lamadrid, aquel valiente guerrero que al final de sus días acumularía más de cien heridas en su cuerpo.

Artista Ramiro Ghigliazza: reconstrucción digital de Manuel Belgrano.

Hablaron sobre recuerdos compartidos, los campos quemados en Tucumán, los días felices de la victoria y, por supuesto, la difícil situación de la guerra civil que se vivía en ese momento.

Durante esos días, Belgrano le dijo a su amigo Celedonio Balbín, quien lo visitó en su lecho de enfermo terminal:

Amigo Balbín, estoy muy enfermo, no me queda mucho tiempo, espero la muerte sin temor, pero me duele mucho no poder pagar la deuda que tengo contigo. El gobierno me debe varios miles de pesos en sueldos; una vez que el país se estabilice, mi albacea los cobrará y te pagará con el primer dinero que reciba”.

Sus últimas horas transcurrieron así: La noche del 19 de junio de 1820, la última noche de Manuel en este mundo, la fiebre lo transportó temporalmente a los recuerdos borrosos de su infancia en el mismo barrio y la misma habitación donde ahora se encontraba muriendo.

Recordó su viaje a Europa, sus días en las aulas y también las chicas de Salamanca. Los interminables debates en el Consulado, las noches robadas al amor de María Josefa mientras escribía informes y memorias en su estudio.

Vino a su mente el sol de Rosario, las baterías de Monasterio y la bandera. El éxodo, las hermosas y dignas caras de los niños jujeños. La gloria de Tucumán, el amor de Dolores, su querida hijita Manuela Mónica.

Recordó el triunfo en Salta y el sabor de la justicia que tanto le costó saborear después. Intentó evitar en ese delirio los momentos difíciles, los traidores.

La tos y una sensación de ahogo lo trajeron de vuelta a aquel frío penúltimo día de otoño en Buenos Aires.

La noche fue inquieta y a las 7 de la mañana del 20 de junio de 1820, sin que nadie lo notara en la caótica Buenos Aires del “día de los tres gobernadores“, Manuel Belgrano falleció.

Logró pronunciar unas últimas palabras: “Espero que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán para remediar sus desgracias. Ay, mi Patria”.